Crear una pieza única siempre es un proceso que empieza mucho antes de tocar el material. A veces nace de una idea clara, otras de una imagen que aparece como un susurro y que, sin saber muy bien por qué, se queda contigo hasta que decides darle forma.
En este caso, la obra tomó la forma de un colgador de pared compuesto por tres clítoris entrelazados, trabajados en tonos rojos y dorados. Una pieza que no busca ser discreta ni decorativa en el sentido convencional, sino abrir conversación, presencia y cuerpo en el espacio.
El primer paso fue la intención. No la forma, no el estilo, sino la pregunta: ¿qué significa representar el cuerpo desde un lugar simbólico, sin reducirlo, sin esconderlo, sin miedo? Desde ahí, la imagen empezó a construirse como un gesto de afirmación. El clítoris, tantas veces invisibilizado o simplificado, aquí se convierte en centro, en estructura y en lenguaje.
El proceso técnico fue casi tan importante como el conceptual. Trabajar con tres elementos repetidos obligaba a encontrar equilibrio: que ninguno dominara, que ninguno desapareciera. La composición se fue ajustando como si respirara, buscando una armonía que no fuera rígida, sino orgánica.
El color también tuvo un papel fundamental. El rojo apareció como impulso vital, como cuerpo, como presencia. El dorado, en cambio, funcionó como contraste simbólico: lo sagrado, lo valioso, lo que se reconoce y se eleva. Juntos no pretendían embellecer la pieza, sino tensionarla, darle profundidad y ambivalencia.
Durante el proceso hubo momentos de duda. No tanto por la forma, sino por la exposición que implica trabajar con el cuerpo desde un lugar tan directo. Pero precisamente ahí apareció la coherencia del proyecto: la idea no era suavizar, sino mirar de frente. Y sostener esa mirada también forma parte de la creación.
El resultado final es un objeto que habita la pared como un pequeño manifiesto. No es solo un colgador, ni solo una escultura. Es una invitación a reconsiderar qué cuerpos mostramos, cuáles nombramos y cuáles seguimos dejando fuera del relato visual.
Cada pieza única es, en el fondo, una conversación entre lo que somos, lo que nos cuesta decir y lo que finalmente decidimos hacer visible. Esta obra en concreto nació de ese espacio intermedio: entre la intimidad y la afirmación, entre el símbolo y la materia.

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